martes, 27 de noviembre de 2012

Sepia y olvido…


Caminaba hacia su trabajo por calle San Martín; dobló por San Lorenzo, y al pasar frente a “El pez volador”, no pudo resistir la tentación y entró. Miró el reloj, sólo contaba con 5 minutos; fue directo a la sección poesía y luego de mirar un poco encontró –para su satisfacción- el libro “20 poemas de amor y una canción desesperada”, de Neruda. Lo hojeó rápidamente, dado que no tenía mucho tiempo, pagó y siguió caminando por calle San Lorenzo hacia su trabajo.
Al llegar a su casa, esa tarde, lo primero que hizo, luego de poner el agua para el mate, fue sacar el libro de su mochila y hojearlo. En la primera página estaba, tachado con birome, el nombre de una persona. “Su antiguo dueñ@, pensó. O un@ de sus antigu@s dueñ@s”. Siguió hojeando el libro para comprobar su estado; era una edición de 1989. En el rápido pasar de las paginas, le pareció ver una de color distinto. Volvió a hojear y encontró, efectivamente, una hoja suelta, escrita a mano, que decía lo siguiente:
“Escribo, en esta noche, desde la oscura y húmeda caverna de mi dolor.
Atrapado en un laberinto donde la angustia es un aire ácido que me quema al tiempo que lo respiro.
Una atmósfera roja apenas me deja recordar lo que fui alguna vez.
La oscuridad me acecha, y yo no sé que hacer. No sé qué más hacer.
Había un dolor. Lo hubo alguna vez. En una edad en que no podía defenderme de él.
Hoy quizás todo me remite a ese dolor.
A esa soledad ancestral.
A esa noche oscura del alma.
Lejos de las formulas cristalizadas que traen consuelo a quienes se dejan sugestionar por ellas.
La risa, por momentos, es para mí una maldición.
En un mundo en el que se me dice “les pasa a todos” y eso no me consuela.
Aceptando lentamente la corrupción que contamina lo que antes era amor. Lo que antes eran ilusión y esperanzas.
Vomitando ira, impotencia.
El mundo “bien” me dice que tengo que ser de otra manera. Pero los hechos no les dan la razón.
Intenté. Una y otra vez. No apartarme de mi camino.
Las fuerzas no me dieron más y me dejé arrastrar por la corriente.
Tenemos cualidades y defectos humanos pero se nos pide que tengamos la fortaleza que sólo pueden tener los dioses. Ya sé somos seres humanos y divinos a la vez. Para el que lo crea; yo sí lo creo, pero no me ayuda a cambiar las cosas. Y lo intenté. Lo intenté. Lo dije con ira, lo dije con un hilo de voz cuando ya casi no me quedaban fuerzas.
Atravieso el mundo, mi mundo, lleno de gente buena, pero en determinado momento, esa gente buena está en otro lugar, haciendo otras cosas, con otras personas. Entonces, ¿qué consuelo puedo buscar?¿Qué alma va a buscar mi alma, espontáneamente, sin caer en la triste burocracia de las relaciones?
Siempre procuré hacer las cosas bien. Pero no me pude mantener en mi camino, lo cual me produce un gran dolor, una gran impotencia, una gran frustración, y además de todo esto, culpa, la culpa de no haber podido hacer las cosas bien, según dicen. Uno hace o deja de hacer cosas que contribuyen al propio sufrimiento. ¿Lo que soy, lo que no soy, lo que hago y lo que no hago, causan esto? ¿Es un castigo entonces, tanto dolor, tanto tener el alma desgarrada? ¿Es un castigo, ver mis ilusiones en el barro de la miseria humana? ¿Soy yo el culpable de todo?¿Quién soy yo para contradecir al mundo, si el mundo dice que así es?
Quizás ellos están tan muertos como yo. Y yo soy el único que se da cuenta. O quizás soy yo el equivocado. Pero ya no puedo aprender más. Es un camino que atravieso en carne viva. No puedo aprender más…”
Allí terminaba el escrito, con los puntos suspensivos incluidos. En ese momento el ruido de la pava hirviendo desvió su atención. Apagó el fuego y volvió junto al libro. Mejor dicho, volvió junto a la nota. Se preguntó cómo habrán continuado esos puntos suspensivos. Si esos puntos suspensivos se siguieron llenando de las mismas cosas, si pudo comenzar la página siguiente de una manera distinta, o si, quizás, no muy lejos de eso, hubo un punto final.

martes, 20 de noviembre de 2012

Sonrisas...

Cada sonrisa una historia,
cada mirada un lugar...
cada rostro una emoción,
un camino compartido...
cada alma, un poco mía,
un secreto revelado,
un corazón entregado,
una tarde que nos une;
cada mano se entrelaza,
se abraza y se aferra
a otra mano, cual la tierra;
el camino no termina,
sólo cambia su sentido,
se recuerda lo vivido
y se sigue construyendo.
Y el agua sigue pasando,
por el río de la vida…

lunes, 19 de noviembre de 2012

Me asusta lo siniestro de la gente en apariencia buena onda, positiva y amiga de todo el mundo. Si las observás en el tiempo te das cuenta que son más violentas e implacables que la supuesta "mala gente". Esas cualidades se sostienen desde otro lugar, no desde las estrategias de "encantamiento". Realmente me asusta...

viernes, 9 de noviembre de 2012

El río...

Ayer a la tarde salí del trabajo, pasé por el Parque España y me puse a mirar el río, en la onda "observo la naturaleza, el cielo abierto, el horizonte, me despejo, me entrego al goce de la contemplación". Me subí a esos bancos de cemento que están contra la baranda, iba caminando de uno en uno, sin dejar de mirar el río y las islas... hasta que en un momento veo que el horizonte desaparece, se me da vueltas todo y termino desparramado en el suelo. Se me escapó un ¡OH!, el perro de un hombre de la calle me empezó a ladrar, subrayando para todos los concurrentes mi imagen lamentable, con la rodilla golpeada por el canto del banco. Resultó que los bancos estaban en distintos niveles y mi pie no alcanzó la cima del banco siguiente. Desistí del momento de contacto con la naturaleza, y en vez de volver caminando a mi casa, tomé el 126...

lunes, 5 de noviembre de 2012

Escribe "El gil que pregunta": Viajar en colectivo en Rosario".

Hoy, como todos los días para todo usuario de colectivo (llamado por algunos “transporte público de pasajeros”, aunque se le podría llamar “cloaca”, porque creo que los soretes por la zanja viajan mejor que los rosarinos por el colectivo), enfrenté la tarea de viajar en el 126, que reíte de Indiana Jones en el Templo de la Perdición. Después del último aumento –por decreto- del boleto, mérito llevado a cabo por la intendenta con los mejores dientes de todo el socialismo, yo, a diferencia de muchos que prefieren ver el vaso de agua medio vacío, dije: “Ah, entonces ahora sí vamos a empezar a viajar mejor, con este aumento mejorarán las unidades, y sobre todo la frecuencia…” Después, ante los hechos, me di cuenta que estaba equivocado, entonces escribí esa misma frase en cartulina, recorté cada letra, hice un cono con cada una de ellas y me las fui metiendo en el orto, como castigo por ser tan pelotudo. Esta mañana me cansé de esperar el 126, por suerte lo esperé en la esquina del Sanatorio Laprida, así que en vez de acordarme de la madre de la intendenta y de las de los empresarios y funcionarios de transporte, me puse a contar la gente que entraba y salía del sanatorio. Tanto tardó en venir el 126, que llegué a contar 16 personas en muletas (apoyando pie izquierdo), otras 10 apoyando el pie derecho, dos nenes categoría cebollitas que se golpearon en un partido, 6 obreros de la construcción heridos por la falta de controles en sus trabajos y una chipacera que se dobló el pie por una baldosa floja.
El tan ansiado 126 llegó finalmente (si esa es la frecuencia a la hora pico, no quiero pensar lo que tardarán en otro momento del día!); cuando intento subir, veo que estaba repleto de gente, viajé con riesgo de vida en la escalera hasta que fui ocupando un lugar más privilegiado dentro del coche (que no es más que avanzar 1 metro hacia adentro, y date por satisfecho). Las más de 20 personas que estábamos paradas, mirábamos con una mezcla de envidia y admiración a los que estaban sentados, preguntándonos “Ay, cómo habrá hecho?” como si más que conseguir un asiento hubieran alcanzado el Nirvana. A eso se reducen las ambiciones del pasajero de transporte público en Rosario.
El calor en estos días es intenso, imagínense con el exceso de gente en el coche; lo que estuvo lindo fue que en un momento algunos empezaron a “compartir” pensamientos y vivencias: “Esto es una vergüenza”, decía una señora. En un momento el coche dio una especie de salto y un señor muy enojado dijo: “Capaz que tenemos suerte y eso que agarramos no fue un bache sino la cabeza de la intendenta”. Como ya el ambiente se estaba caldeando, y no sólo por el calor, me bajé y decidí viajar como los soretes, es decir, viajar mejor, y seguí a pie.
Pensando en el partido político al que pertenece la intendenta, y en medio de mi indignación, pensé “Si doña Alicia Moreu de Justo se levantara de su tumba…”
Pero después me tranquilicé: Si doña Alicia Moreu de Justo se levantara de su tumba, nada tendrían que temer nuestros socialistas. Siendo un ejemplo de austeridad, doña Alicia, ya en Rosario, hubiera viajado en colectivo, pero con todo lo que aumentó últimamente, tomarlo hubiera sido un lujo para ella. A vivir tampoco vendría, con el impuesto municipal en aumento también, a lo sumo podría vivir en la escalera de la Catedral.
Me voy a poner en campaña para hacerme un karting a bolilleros, como cuando era chico. Así en vez de pagar para viajar mal, gasto la plata en otra cosa…

El gil que pregunta.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Ayer me peguntaron: "¿Tenés  whatsapp?" Y yo contesté: "No, tengo IAPOS"