Caminaba hacia su trabajo por calle San Martín; dobló por San Lorenzo, y
al pasar frente a “El pez volador”, no pudo resistir la tentación y entró. Miró
el reloj, sólo contaba con 5 minutos; fue directo a la sección poesía y luego
de mirar un poco encontró –para su satisfacción- el libro “20 poemas de amor y
una canción desesperada”, de Neruda. Lo hojeó rápidamente, dado que no tenía
mucho tiempo, pagó y siguió caminando por calle San Lorenzo hacia su trabajo.
Al llegar a su casa, esa tarde, lo primero que hizo, luego de poner el
agua para el mate, fue sacar el libro de su mochila y hojearlo. En la primera
página estaba, tachado con birome, el nombre de una persona. “Su antiguo dueñ@,
pensó. O un@ de sus antigu@s dueñ@s”. Siguió hojeando el libro para comprobar
su estado; era una edición de 1989. En el rápido pasar de las paginas, le
pareció ver una de color distinto. Volvió a hojear y encontró, efectivamente,
una hoja suelta, escrita a mano, que decía lo siguiente:
“Escribo, en esta noche, desde la
oscura y húmeda caverna de mi dolor.
Atrapado en un laberinto donde la
angustia es un aire ácido que me quema al tiempo que lo respiro.
Una atmósfera roja apenas me deja
recordar lo que fui alguna vez.
La oscuridad me acecha, y yo no sé
que hacer. No sé qué más hacer.
Había un dolor. Lo hubo alguna vez.
En una edad en que no podía defenderme de él.
Hoy quizás todo me remite a ese
dolor.
A esa soledad ancestral.
A esa noche oscura del alma.
Lejos de las formulas cristalizadas
que traen consuelo a quienes se dejan sugestionar por ellas.
La risa, por momentos, es para mí
una maldición.
En un mundo en el que se me dice
“les pasa a todos” y eso no me consuela.
Aceptando lentamente la corrupción
que contamina lo que antes era amor. Lo que antes eran ilusión y esperanzas.
Vomitando ira, impotencia.
El mundo “bien” me dice que tengo
que ser de otra manera. Pero los hechos no les dan la razón.
Intenté. Una y otra vez. No
apartarme de mi camino.
Las fuerzas no me dieron más y me
dejé arrastrar por la corriente.
Tenemos cualidades y defectos
humanos pero se nos pide que tengamos la fortaleza que sólo pueden tener los
dioses. Ya sé somos seres humanos y divinos a la vez. Para el que lo crea; yo
sí lo creo, pero no me ayuda a cambiar las cosas. Y lo intenté. Lo intenté. Lo
dije con ira, lo dije con un hilo de voz cuando ya casi no me quedaban fuerzas.
Atravieso el mundo, mi mundo, lleno
de gente buena, pero en determinado momento, esa gente buena está en otro
lugar, haciendo otras cosas, con otras personas. Entonces, ¿qué consuelo puedo
buscar?¿Qué alma va a buscar mi alma, espontáneamente, sin caer en la triste
burocracia de las relaciones?
Siempre procuré hacer las cosas
bien. Pero no me pude mantener en mi camino, lo cual me produce un gran dolor,
una gran impotencia, una gran frustración, y además de todo esto, culpa, la
culpa de no haber podido hacer las cosas bien, según dicen. Uno hace o deja de
hacer cosas que contribuyen al propio sufrimiento. ¿Lo que soy, lo que no soy,
lo que hago y lo que no hago, causan esto? ¿Es un castigo entonces, tanto
dolor, tanto tener el alma desgarrada? ¿Es un castigo, ver mis ilusiones en el
barro de la miseria humana? ¿Soy yo el culpable de todo?¿Quién soy yo para
contradecir al mundo, si el mundo dice que así es?
Quizás ellos están tan muertos como
yo. Y yo soy el único que se da cuenta. O quizás soy yo el equivocado. Pero ya
no puedo aprender más. Es un camino que atravieso en carne viva. No puedo
aprender más…”
Allí terminaba el escrito, con los puntos suspensivos incluidos. En ese
momento el ruido de la pava hirviendo desvió su atención. Apagó el fuego y
volvió junto al libro. Mejor dicho, volvió junto a la nota. Se preguntó cómo
habrán continuado esos puntos suspensivos. Si esos puntos suspensivos se
siguieron llenando de las mismas cosas, si pudo comenzar la página siguiente de
una manera distinta, o si, quizás, no muy lejos de eso, hubo un punto final.
